POR MARIBEL CABAL CORTÉS
En la nostálgica retrospectiva basta recordar al Huatusco de calles empedradas donde el aroma a incienso en noviembre era solo comparable con el del ponche casero y las incandescentes brujas de papel periódico. Sin embargo, la modernidad nos alcanza, nos abraza hasta asfixiarnos mientras nosotros lo permitimos con tanta conciencia como hambre de muerte tenemos.
Como buen mexicano, el huatusqueño se siente extranjero en su propia tierra, abrió las puertas a inmigrantes y les venera; ahora son ellos quienes tienen el control. Un apellido de origen italiano y uno de origen náhuatl son solo eso: apellidos; somos nosotros quienes marcamos la distancia, quienes abrimos abismos entre colores de piel, entre profesionistas e iletrados, entre funcionarios públicos y pueblo, entre ricos y pobres, modernos y anticuados; sin darnos cuenta de que ambos bandos son coexistentes que predominan los unos gracias a que lo permiten los otros.
Cada año, de septiembre a diciembre las diferencias son notorias en demasía; pintamos la magnitud de la fiesta bajo el color de la mercadotecnia, las compras desenfrenadas, los arreglos en la casa y los eventos públicos enmarcan la dimensión de una buena fiesta. Nos hemos olvidado del significado de la Independencia, la celebramos en una fecha errónea y sin siquiera tenerla, puesto que ningún país subdesarrollado puede denominarse libre si apenas sobrevive bajo el yugo del imperialismo; ni que decir del pirateado halloween que opaca a nuestros muertos o del desfile deportivo para conmemorar una Revolución Mexicana que no se recuerda, que representa solo gastos pero no conciencias; conmemoraciones que se vuelcan en noches de fiesta y tequila sin saber que la mitad de la población del país en pleno siglo XXI ahoga un grito silencioso de: “tierra y libertad”.
Cuantos de nosotros no añoramos en algún momento un buen antro, un centro comercial, hoteles de lujo, conciertos y/o espectáculos, que hicieran lucir activa y moderna a esta ciudad; hablábamos de la diferencia entre una gran ciudad y nuestro “City ranch”.
Fueron esos anhelos, esa nescencia del huatusqueño, los que abrieron la puerta de la inversión a aquellos cuya opulencia nos impacta y nos domina. El habernos considerado diferentes, minúsculos, paupérrimos, abrió una distancia fatal por la que ahora padecemos. No tomamos en cuenta que un centro comercial lejos de crear empleos, opacaría a los pequeños empresarios; que un buen antro es atractivo pero genera corrupción de la moral en nuestros hijos y les permitimos aún que se anuncien con descaro: “Espectacular noche libre: Haz lo que quieras y con quien quieras…” Entre tanto anhelo no hubo tiempo para pensar que los grandes espectáculos serían solo para las clases selectas que puedan llegarle al precio, porque al gobierno no le interesa subsidiar a estudiantes, jubilados o pobres.
En la actualidad, cada familia paga el precio de la discriminación, del desprecio, paga con impotencia y silencio una fiesta patria, una tradición y una fe que desconoce; bajo el lema “Felices fiestas” celebramos una identidad social inexistente, porque la distancia que le marcamos por ambición, con globalización y mercadotecnia, la ha asesinado paulatina y conscientemente.