Por: Asmara Tovilla
Especialista en temas religiosos
Parece poco el tiempo
transcurrido desde el 19 de abril del
2005, el día en que la fumatta blanca fue observada por la ciudad de Roma y por
el mundo a través de los medios de comunicación. Con el humo blanco se daba a conocer “urbi et
orbi” que la cristiandad tenía un nuevo pastor; la alegría recorría la Plaza de
San Pedro donde miles de fieles se habían dado cita desde las primeras horas de
la mañana, algunos sólo por curiosidad observaban la chimenea esperando ser
espectadores de un proceso que pocas veces se puede ver en la vida; otros
entonaban cánticos mientras esperaban la decisión de los “príncipes de
la iglesia”; algunos más blandiendo banderas de distintos países como si de un
partido de futbol se tratara, apoyando a su “preferiti”, la gran mayoría con
gran desconocimiento del proceso que “extra omnes” se llevaba a cabo bajo la
Capilla Sixtina; y más aún con casi completa ignorancia de la política
eclesiástica en la que se jugaba el destino de la cristiandad.
Finalmente tras cuatro rondas de
votaciones la iglesia había elegido a un Nuevo Vicario de Cristo, los medios de
comunicación comenzaron a aventurar los nombres del posible cardenal electo, mientras
en el interior del Palacio Apostólico se hacían los preparativos para anunciar
al nuevo papa; durante el cónclave expertos, periodistas y analistas habían
hablado de los favoritos al papado, como
el Cardenal Martini Arzobispo de Milán, el argentino Bergoglio, de Honduras el
Cardenal Oscar Rodríguez Maradiaga; sin embargo pocos hablaron de la
posibilidad de que el Decano del Colegio Cardenalicio, Joseph Ratzinger
resultara electo; su edad, el hecho de haber permanecido varios años como
Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, las animadversiones que se
había ganado desempeñando esta función, y sobre todo el bajo perfil que había
jugado durante los últimos años del pontificado de Juan Pablo II manteniéndose
alejado de la política vaticana y más cercano al papa no le favorecían. Quizás esta última razón influenció la
decisión de los cardenales pues el cardenal Ratzinger fue uno de los
principales colaboradores de Juan Pablo II,
y con su elección se planteaba la posibilidad de una continuidad de lo
que había sido uno de los papados más largos de la historia.
Finalmente después de lo que al
mundo pareció una eternidad, los purpurados salieron a los balcones del Palacio
Apostólico, en la logia el Cardenal Chileno pronunciaba lentamente la fórmula
“Habemus Papam…Josephus…Cardenal Ratzinger” , los aplausos y vítores no se
hicieron esperar en la Plaza de San Pedro, pronto apareció el nuevo papa, algo tímido pero a la vez mostrando la
sonrisa de quien no está acostumbrado a mayor multitud que la de un aula.
Visiblemente emocionado, pronunció lo que sería sus primer discurso como
pontífice: “Después del gran papa Juan Pablo II, Dios ha elegido a un simple y
humilde trabajador de la viña del Señor… Me consuela el hecho de que el Señor
sabe trabajar y actuar incluso con instrumentos insuficientes…” palabras que
bien sirven para ilustrar lo que el pontificado de Benedicto XVI sería.
Y esas fueron precisamente las
razones que esgrimió el pasado 11 de febrero al anunciar al mundo su renuncia; el pleno
conocimiento de la incapacidad para desempeñar de manera adecuada el que quizás
es el trabajo más cansado del mundo, el del ser papa; pues al margen de las
visibles comodidades y atenciones que al espectador pueden impresionar, lo
cierto es que en palabras de Luis Villoro: “el papa carga con toda las
esperanzas más desesperadas del mundo”.
Mucho se ha especulado de las
razones de esta renuncia, sobre todo las que tienen que ver con las cuestiones
políticas del Vaticano que se habrían ventilado con la filtración de
documentos, “el Vatileaks”, los casos de pederastía que tanto han vulnerado a
la iglesia, el supuesto atentado a la vida del papa, las intrigas palaciegas
que rondan los pasillos vaticanos; etc.
Sin embargo a pesar de lo mucho
que se ha hablado al respecto, las razones de la renuncia me parecen por demás
claras, la humildad de saberse incapaz y el reconocimiento de las limitaciones
para manejar la que quizás es la institución más compleja del mundo; eso es lo que se ha informado en palabras por
demás claras, lo demás son presunciones quizás muy bien argumentadas pero no
basadas en información. Quizás este exceso de argumentación sobre las razones
del papa se deba a la imposibilidad de aceptar que alguien renuncie al poder, a
los privilegios, a la popularidad que implica la envestidura papal; al puesto
más poderoso de la cristiandad, a ser una de las voces más escuchadas por el
mundo católico y no católico, a ser el último soberano absoluto, el último
representante de la teocracia. Esto
plantea una contradicción ante todo lo que la sociedad actual plantea a los
seres humanos, el individualismo, la obtención del poder a perpetuidad, etc.
Ratzinger, aún Benedicto XVI se
definió a sí mismo como “instrumento
insuficiente” para servir; y aquí creo está la clave de su decisión el saberse
incapaz de servir, no de saber, de tener o ser docto en cuestiones teológicas,
o saber manipular la curia y la política vaticana, sino el ser incapaz de
servir al Señor en su Iglesia. Su renuncia será recordada y quizás juzgada por
la historia, el mismo pontífice será criticado y cuestionado por esta decisión
sin precedentes, de él se podrá decir que fue un papa rigorista y celoso de las
formas litúrgicas, de la correcta interpretación teológica, de su ataque férreo
contra el relativismo moral que matiza las diferencias entre lo bueno y lo malo
y hace comprensibles y aceptables casi todas las acciones, casi todas las
actitudes, casi cualquier crimen; de su timidez, de su bajo perfil papal, de la
tímida sonrisa, de su impactante renuncia, se podrá decir que falló como
administrador, como político, como dirigente teocrático, como cabeza del
papado, pero no se podrá decir que falló como católico.

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