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23 de febrero de 2013

LAS BENDITAS RAZONES




Por: Asmara Tovilla
Especialista en temas religiosos
Parece poco el tiempo transcurrido desde  el 19 de abril del 2005, el día en que la fumatta blanca fue observada por la ciudad de Roma y por el mundo a través de los medios de comunicación.  Con el humo blanco se daba a conocer “urbi et orbi” que la cristiandad tenía un nuevo pastor; la alegría recorría la Plaza de San Pedro donde miles de fieles se habían dado cita desde las primeras horas de la mañana, algunos sólo por curiosidad observaban la chimenea esperando ser espectadores de un proceso que pocas veces se puede ver en la vida;  otros  entonaban cánticos mientras esperaban la decisión de los “príncipes de la iglesia”; algunos más blandiendo banderas de distintos países como si de un partido de futbol se tratara, apoyando a su “preferiti”, la gran mayoría con gran desconocimiento del proceso que “extra omnes” se llevaba a cabo bajo la Capilla Sixtina; y más aún con casi completa ignorancia de la política eclesiástica en la que se jugaba el destino de la cristiandad.

Finalmente tras cuatro rondas de votaciones la iglesia había elegido a un Nuevo Vicario de Cristo, los medios de comunicación comenzaron a aventurar los nombres del posible cardenal electo, mientras en el interior del Palacio Apostólico se hacían los preparativos para anunciar al nuevo papa; durante el cónclave expertos, periodistas y analistas habían hablado de los favoritos al  papado, como el Cardenal Martini Arzobispo de Milán, el argentino Bergoglio, de Honduras el Cardenal Oscar Rodríguez Maradiaga; sin embargo pocos hablaron de la posibilidad de que el Decano del Colegio Cardenalicio, Joseph Ratzinger resultara electo; su edad, el hecho de haber permanecido varios años como Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, las animadversiones que se había ganado desempeñando esta función, y sobre todo el bajo perfil que había jugado durante los últimos años del pontificado de Juan Pablo II manteniéndose alejado de la política vaticana y más cercano al papa no le favorecían.  Quizás esta última razón influenció la decisión de los cardenales pues el cardenal Ratzinger fue uno de los principales colaboradores de Juan Pablo II,  y con su elección se planteaba la posibilidad de una continuidad de lo que había sido uno de los papados más largos de la historia.
Finalmente después de lo que al mundo pareció una eternidad, los purpurados salieron a los balcones del Palacio Apostólico, en la logia el Cardenal Chileno pronunciaba lentamente la fórmula “Habemus Papam…Josephus…Cardenal Ratzinger” , los aplausos y vítores no se hicieron esperar en la Plaza de San Pedro, pronto apareció el nuevo papa,  algo tímido pero a la vez mostrando la sonrisa de quien no está acostumbrado a mayor multitud que la de un aula. Visiblemente emocionado, pronunció lo que sería sus primer discurso como pontífice: “Después del gran papa Juan Pablo II, Dios ha elegido a un simple y humilde trabajador de la viña del Señor… Me consuela el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar incluso con instrumentos insuficientes…” palabras que bien sirven para ilustrar lo que el pontificado de Benedicto XVI sería.
Y esas fueron precisamente las razones que esgrimió el pasado 11 de febrero  al anunciar al mundo su renuncia; el pleno conocimiento de la incapacidad para desempeñar de manera adecuada el que quizás es el trabajo más cansado del mundo, el del ser papa; pues al margen de las visibles comodidades y atenciones que al espectador pueden impresionar, lo cierto es que en palabras de Luis Villoro: “el papa carga con toda las esperanzas más desesperadas del mundo”.
Mucho se ha especulado de las razones de esta renuncia, sobre todo las que tienen que ver con las cuestiones políticas del Vaticano que se habrían ventilado con la filtración de documentos, “el Vatileaks”, los casos de pederastía que tanto han vulnerado a la iglesia, el supuesto atentado a la vida del papa, las intrigas palaciegas que rondan los pasillos vaticanos; etc.
Sin embargo a pesar de lo mucho que se ha hablado al respecto, las razones de la renuncia me parecen por demás claras, la humildad de saberse incapaz y el reconocimiento de las limitaciones para manejar la que quizás es la institución más compleja del mundo;  eso es lo que se ha informado en palabras por demás claras, lo demás son presunciones quizás muy bien argumentadas pero no basadas en información. Quizás este exceso de argumentación sobre las razones del papa se deba a la imposibilidad de aceptar que alguien renuncie al poder, a los privilegios, a la popularidad que implica la envestidura papal; al puesto más poderoso de la cristiandad, a ser una de las voces más escuchadas por el mundo católico y no católico, a ser el último soberano absoluto, el último representante de la teocracia.  Esto plantea una contradicción ante todo lo que la sociedad actual plantea a los seres humanos, el individualismo, la obtención del poder a perpetuidad, etc.
Ratzinger, aún Benedicto XVI se definió  a sí mismo como “instrumento insuficiente” para servir; y aquí creo está la clave de su decisión el saberse incapaz de servir, no de saber, de tener o ser docto en cuestiones teológicas, o saber manipular la curia y la política vaticana, sino el ser incapaz de servir al Señor en su Iglesia. Su renuncia será recordada y quizás juzgada por la historia, el mismo pontífice será criticado y cuestionado por esta decisión sin precedentes, de él se podrá decir que fue un papa rigorista y celoso de las formas litúrgicas, de la correcta interpretación teológica, de su ataque férreo contra el relativismo moral que matiza las diferencias entre lo bueno y lo malo y hace comprensibles y aceptables casi todas las acciones, casi todas las actitudes, casi cualquier crimen; de su timidez, de su bajo perfil papal, de la tímida sonrisa, de su impactante renuncia, se podrá decir que falló como administrador, como político, como dirigente teocrático, como cabeza del papado, pero no se podrá decir que falló como católico.

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